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15/8/25

La cigüeña del baldío



Mira la tierra, niña, seca y baldía. La pena que siento cuando pienso en el campo labrado y amarillo de antes; parecía que brillaba todo reluciente. Aquí hay un poco de correntío. Qué moza más prieta y qué dispuesta era yo. Ya ves cómo estoy ahora, Matea, vieja, triste y pellejuda. Dale bien a ese cuello que el sudor deja cerco. Recuerdo las siegas y el dolor de espalda y las manos agrietadas, pero no nos faltaba qué llevarnos a la boca. Aunque bien sabe Dios que prefiero ese dolor a esta pena. ¡Restriega bien, hija, que no tienes fuerza en las manos! La labranza ya no da de comer, mal que nos pese. Ay, la jambre que se pasa cuando se es pobre; duelen las tripas y duele la vida. Tú, hija, tú no vales para el campo con esas piernas largas y enclenques y esas manos finas como silbidos. No sé a quién has salido; rubia, blanca y flaca como un demonio. Tengo que hacer más jabón, para otro día no nos queda. Ay, Matea, si no fuera porque te he tenido en mis entrañas diría que eres hija de mujer rica. Como la Ramira y la Victoria, tan estiradas ellas y tan remilgadas. Se llevan bien contigo y hasta te invitan a sus casas. Si te digo yo. Te pondrán bien de comer. Aunque con lo mal que comes ya pueden darte sable frito que tú ni probar bocado. Escurre esas sábanas sin retorcer mucho. Ya me gustaría a mí un buen pedazo de ese pescado, pero ná, habrá que conformarse con el poquito de bacalao que nos queda, aunque sea para darle sabor a las patatas con arroz, que luego tus hermanos vienen con la gazuza y hay que llenarles el buche. Vámonos, niña, lleva tú el balde en la cabeza que yo no estoy para trotes. Fermín es el que más come, dónde lo echará, que parece un serafín. Venir a lavar ya no es igual; antes nos juntábamos todas las del pueblo y sus buenas coplas nos cantábamos. Ahora no se escuchan los cantes. Ay, ni la rivera está en condiciones. ¡Ahí van la Amalia y la Consuelo! Vaya dos jaquetonas, estas sí que tienen buenas piernas. ¿Cómo te dicen? Ah, sí. «Matea la de las piernas flacas, la del culo frío, la que parece una cigüeña en un baldío». Ay, qué dos, la gracia que tienen. La Amalia es bien guapa, aunque un poco bruta, todo hay que decirlo. Nuestro Fermín está enamorao de ella. Qué educao es el Fermín, pero eso sí, macho como el que más. Esos dos se casan, ya verás. A la Amalia se le encienden los ojillos cuando él la mira. Ay, mi espalda. Estas calles se me hacen muy largas. Que no se te caiga el barreño. Y lo corta que se me ha hecho la vida, parece que fue ayer cuando nació el Tomás, el primero de mis cinco hijos, bueno, de mis seis hijos, que la Anselma se nos fue pero es un ángel, un angelito tan pequeño que ni se ve desde aquí. Y tú, ¡qué muchacha!, nada más que leer y leer todo el día en el doblao, que te habrás leído todos los libros que te presta Doña Manolita, la maestra. Ya estamos llegando. Y sin copla, niña, sin la luna lunera, ¿cómo era? «Por tu curpa curpita yo tengo negro negrito…», pues sí, sí que tengo negro el corazón, pero no de amor, sino de las penurias que tengo metidas en el pecho. Qué habrá sido de mi padre. Se fue y nunca más volvió. La guerra se llevó a los hombres buenos. Algún día aparecerá y nos sacará de este pueblo y nos llevará a otro lugar en el que la tierra dé de comer. Dónde estás Matea que voy hablando sola. Te habrás quedado atrás mirando alguna mosca pasar. Si es que eres como el aire; no se te ve y casi no se te siente. Flaca y para colmo despistada. Te hará falta un buen café con leche, eso sí te gusta, será lo único. En cuanto lleguemos a casa nos lo tomamos las dos que antes lo puse en el puchero. Pero dónde está esta niña. Mira las cigüeñas. Ya están llegando. Son bonitas, eh. Si no fuera por ellas, este pueblo sería un lugar muerto. ¿Has visto esa? Qué piernas más largas y qué figura. Te pareces de verdad a ella. Dónde estás, Matea. ¡Ha echado a volar! Qué alas tan grandes. Dónde estarás, niña. La cigüeña se ha marchado. Ay, Matea, se nos va a arrugar la ropa.


Ilustración: Berta


20/7/23

Historias de ganchillo




 

Capítulo 1: Matea


Mi abuela Tomasa me contaba historias y eso nunca se olvida, hija mía. Las abuelas son como una manta en los días de frío o como un tazón de leche bien caliente. Recuerdo aquel relato que ella solía contarme del niño que buscaba a su madre en unas montañas perdidas. Qué miedo me daba aquel cuento, chiquilla, pero aún así escuchaba atenta la voz de mi abuela que nos sentaba a mi prima y a mí en torno a aquella mesa camilla en la que un brasero de picón nos sacaba cabrillas en las piernas. Y eso que mi prima era su favorita, pero yo siempre quería volver a esa casa para escuchar a mi abuela. ¿Sabes, Susana? Antes, los inviernos eran larguísimos y las tardes oscuras. No había muchas cosas que hacer entonces, no es como ahora, figúrate, que la gente siente que «no le da la vida», vaya con la expresión, como si la vida fuera una goma que se estira, ¡qué bobada! El tiempo es siempre el mismo; igual ahora que antes, solo que antiguamente no pasaban tantas cosas y menos en los pueblos, que ni luz había para alumbrar las calles. Lo que te decía, que aquella historia del muchacho huérfano a mí me asustaba, pobre criatura, solo por el mundo buscando a su mamá. Yo oía hasta los golpes y las pisadas que acechaban al niño, qué miedosa era. No como mi prima Valentina, que era recia y dura como un mulo y tenía la piel curtida, al contrario que yo, que era paliducha y flaca. Mi abuela también nos enseñaba a hacer ganchillo. Eso lo hacíamos siempre antes de las historias porque si no, la puntilla no avanzaba y había que hacer la labor «como es debido». A mí no se me ocurría quejarme, claro, pero estaba deseando acabar de tejer para que mi abuela empezara a contar el relato con su voz honda y labrada de mujer de campo. Al terminar de tejer y de escuchar la historia, yo me tenía que volver a casa. Mi prima vivía allí con ella. Digo yo que por eso era su favorita, por eso y porque era vigorosa –menudos brazos tenía– mientras que yo era endeble como un tallo nuevo. No vayas a pensar que estoy celosa, qué va hija, pero antes las cosas eran de otro modo y las mujeres como yo éramos poco apreciadas. Fíjate, a mí me gustaba leer, algo raro por entonces en una muchacha joven. Otra cosa no, pero libros en mi casa había muchos y obras buenas, no te creas. Las mujeres de mi tiempo tenían que ser de huesos fuertes y carácter áspero y yo no era así; yo era escuchimizada y callada. ¿Qué te estaba diciendo? Ah sí, lo de volver a casa. Siendo de noche y yo con el miedo metido en el cuerpo, que hasta de mi propio corazón me asustaba. Cuánto daría por volver a escuchar ese sonido, bumbum bumbum, tan joven y tan vivo. Es dura la vejez, niña, te lo confieso, por eso me gusta acordarme de mi abuela, de sus historias y de mi pecho asustado, porque vuelvo a ser una muchacha mientras te lo cuento: aquella moza de manos frías y ávida de historias. Pasaban tan poquitas cosas entonces, ya te lo he dicho, ¿verdad?, que no quedaba más remedio que vivirlas con intensidad. Ahora la gente va de un lado para otro mirando sus móviles sin oírse ni un poquito el corazón. Ya no es lo que era. Nunca supe el final del cuento del niño que buscaba a su madre, qué penurias pasaría esa criatura. Tampoco sé por qué mi abuela elegía relatos tristes, vete tú a saber, a lo mejor porque su vida también fue triste y difícil, pero yo siempre me quedaba embobada escuchando. A veces pienso que las historias están prendidas de algún hilo y como con el ganchillo, las vamos tejiendo hasta que visten nuestra vida. Esto mismo que te cuento a lo mejor se lo cuentas tú a tu hija y ella, a su vez, a su propia hija si la tuviera, y mientras tanto, quién sabe, el pobre niño de las montañas quizá encuentra a su mamá. Todo el mundo teme en algún momento perder a su madre; es el miedo al desamparo. No hay peor cosa que esa. Estoy cansada, querida, voy a cerrar los ojos y a descansar un rato. Últimamente me entra un sopor terrible a esta hora; es la edad, chiquilla, ya lo verás tú cuando te toque. 


Capítulo 2: Tomasa


¡Vamos niñas, vamos! Calentaos bien las manos con el tazón, que hoy hace un frío que pela. Venga que el brasero está recién echado. Ponte a este lado, Valentina. ¡Hale, hale! Se hace tarde y anochece enseguida. Terminad pronto el café con leche, que se enfría. Ay, este tiempo me mata los huesos, las rodillas sobre todo, que ya no me aguantan el cuerpo. El campo es un canalla; nos desgasta hasta los tuétanos y luego a ver quién siega y quién labra. Esperad un momento que voy a poner los garbanzos a amollecer, no sea que más tarde se me olvide y no tengamos nada para comer mañana. Cuando terminéis la leche coged la labor, que esas puntillas no crecen, niñas, no crecen y no estoy yo para perder el tiempo. Venga, Matea, bébete eso ¡Virgen Santísima! Se alimentará del aire esta niña; así está de esmirriada. Tendré que decirle a tu madre que le eche bien de gallina al puchero, al menos que tomes algo de sustancia. ¡Vamos, vamos!, no veo que se mueva la bobina de hilo. El ganchillo tiene que hacerse rapidito, con gracia. Así, muy bien Valentina, qué buena mano tienes para todo, ¡y qué buena boca!, que te has tomado el tazón en un santiamén. Venga, Matea, que es para hoy. Estarás con tus cosas, que te quedas atontada, hija, mirando las musarañas. Dos meses conmigo en casa y te ponía yo las canillas prietas y las mejillas rosadas. De hoy no pasa que termines la labor. Desde luego eres como el niño italiano que se va en busca de su madre, que nunca llega a tiempo a nada. Cómo serán las montañas de América, más grandes que las nuestras y más peligrosas, seguro. Si acabáis pronto os cuento las desgracias del muchacho, pero antes tengo que ver brío en esas agujas. Rapidito, eh, que no está el horno para bollos. Vamos Matea, vamos ¡Qué niña! Con la cabeza nada más en esos libros que tienes en casa. Ya hablaré yo con tu madre, ya hablaré. Échate bien el mantón por encima cuando salgas, que menuda pelona está cayendo y luego te pones mala y las culpas van para mí.


Capítulo 3: Susana


Ahora a dormir, cariño, que mañana hay que madrugar para ir al colegio. Si quieres me acuesto a tu lado y te cuento una historia de ganchillo. No sabes qué es eso, ¿verdad? Para hacer ganchillo se necesita una aguja especial que tiene un gancho en un extremo y se tejen encajes, colchas o algunas prendas de vestir. Mañana te lo enseño en la tablet. Esta historia me la contó la otra tarde tu abuela Matea cuando fui a su casa a llevarle las cajas de leche, que ya sabes que tu abuela sin café con leche no sabe vivir y ella ya no puede coger tanto peso en la compra. Me contó que cuando era joven iba a casa de su abuela Tomasa –que era una mujer muy ruda– a tejer y a escuchar las historias que le contaba. Se reunían en una mesa redonda con una tarima en la que se ponía un brasero de picón, que era  un tipo de carbón que se removía y mantenía el calor. Se juntaba con su prima Valentina, una chica fuerte y alegre. Allí se quedaban merendando sentadas al calor de la mesa camilla, tejiendo y escuchando los relatos de Tomasa, que debía tener una voz poderosa y un cuerpo muy robusto, según cuentan. El relato favorito de tu abuela Matea era el de un niño que se fue en busca de su madre, que se había ido atravesando el mundo para encontrar un trabajo y poder mantener a su familia. A tu abuela esa historia le daba mucho miedo, dice que incluso oía tal cual los ruidos que Tomasa describía. Tu abuela era de imaginar cosas porque le encantaba leer. Tú no dejes de leer, cariño, que es una de las cosas más bonitas que hay. También me contaba la abuela Matea que cuando se iba de aquella casa, ya de noche y en pleno invierno, salía corriendo envuelta en un mantón y se asustaba con el sonido de su propio corazón, que latía desbocado por el miedo y por la carrera. Otro día te cuento la historia del niño de las montañas que buscaba a su madre, aunque en verdad es una historia triste, mi vida, pero si tú quieres otro día te la cuento. Ahora es tarde y tienes que dormir para estar descansada mañana. Puedo hacerte cosquillas hasta que te duermas. Voy a dibujarte en la espalda unas flores como las de las puntillas de ganchillo que hacía tu abuela. Hasta mañana. Que duermas bien.




Basado en una historia que mi madre me contó sobre una anécdota durante su juventud en el pueblo en el que vivía. . Ella en este relato sería la voz de Matea. 

Susana: Hija de Matea.

Valentina: Prima de Matea.

Tomasa: Abuela de Matea.


13/12/20

Noviembre

Volvemos a la infancia con las pinturas de Judith Clay | Dibujos, Pinturas,  Producción artística

Noviembre es un mes triste. Octubre todavía es cálido y soleado, pero noviembre es triste. Antes, durante todo el mes de noviembre tocaban diariamente las campanas, ya sabes, por los difuntos, y no había un sólo día del mes que las campanas no nos recordaran que nuestros muertos seguían muertos, tristemente muertos, que de eso se encargaban los tonos lúgubres de las campanas, y muertos también seguían los muertos de los vecinos, los de acá y los de más allá, valga la expresión, porque eso sí, las campanas se escuchaban por todos lados. Otra cosa no, pero un buen campanario sí que había. Ya me hubiera gustado que el mes de noviembre no fuera así, tan negro, tan llorón, porque realmente es un mes bonito de no ser por las campanas. Qué miedo me daban esas campanas. Todos los años había que llorar, qué íbamos a hacer si no. Yo hubiera preferido cantar a los muertos, reírles por lo menos, que eso siempre gusta más, pero no, noviembre era un mes para llorar y el resto del año para trabajar, ya me dirás. Y luego las misas por los santos difuntos, que ya ni acordarme quién era el muerto al que había que rezar, pero a la misa había que ir, de negro y con pena. Qué bien que lloraban las mujeres de mi pueblo, ¡cómo se oían los suspiros cuando tañían las campanas! De alguna misa me libré porque mi hermano, que de pequeño odiaba los pájaros, y ahora, fíjate tú cría canarios, pensó que para qué iba a ir yo a las misas si ya lo hacía él.  Qué tontería, para qué los dos. 
Todavía me acuerdo cuando era joven. Paseaba con las amigas por la calle en hilera, las más audaces al extremo que eran las que se llevaban la suerte de pasar al lado de los chicos. Yo siempre caía en el centro, hay que ver cómo era yo, pero eso sí, no había nadie que leyera tanto como yo en el pueblo. La de libros que habré leído, y eso que no eran tiempos para eso, pero tampoco para pasarse el mes llorando, ¿no? 


Ilustración: Judith Clay




6/12/20

La jardinera




Solía dedicar las primeras horas de la mañana a cuidar sus macetas. La luz de esas horas entraba con delicadeza y dulcificaba su piel. Quitaba las ramas secas con cuidado, enderezaba los tallos y contemplaba los brotes. Luego se sentaba cerca de la ventana a observar la calle, con la sensación y el olor de la tierra húmeda todavía en los dedos. Más tarde empezaría a transitar la gente. No tenía prisa, sabía que aquellas flores blancas abrirían pronto sus pétalos. Cuando eso sucediera, seguro que ya habría saludado desde su ventana a las mismas personas que cada mañana acostumbraban a pasar por allí, mirando hacia ella esperando el gesto de siempre, conscientes de que aquella mano de movimientos suaves y lentos era, en realidad, una flor abierta.


Foto de Steinar Engeland en Unsplash

18/1/19

Somos nosotras

"Somos nosotras". Era costumbre en ellas decir esto al entrar. Ya sabes que antes las puertas siempre estaban abiertas. Venían cada tarde, sin faltar, cuando acababan su jornada. "Somos nosotras", se oía, y era como el tictac del reloj, que ya no sabes si lo estás escuchando o no. Eran hermanas y hacían el trabajo juntas. Cómo me acuerdo del sonido del dedal de una de ellas sobre la mesa. Daba golpecitos todo el rato con el dedo; parecía un movimiento inconsciente. Yo me quedaba mirando atontada, esperando que el golpeteo rompiera la monotonía de aquellas tardes lentas. Se sentaban alrededor de la mesa y ya que estaban, ya que se habían sentado, mira tú, contaban alguna anécdota: todo lo que habían cosido ese día, si aquel vestido no tenía buena puntada o si habían tardado dos semanas en hacer la chaqueta de fulano, dos semanas enteras, qué barbaridad, las ganas que daban de dejarle la faena a medias.
Ya te he contado que aquel traje de pastorcito lo hicieron ellas. Qué cabeza la mía, dónde lo habré puesto. Mira que lo recuerdo ahí mismo colgado, pero hija, ya sabes, en una de estas seguro que lo he tirado sin darme cuenta. 
Ay que ver lo rápido que pasa esto de la vida, hija mía. Qué habré hecho con el traje. No me habrás escuchado decir que se lo haya prestado a alguien... Quién lo iba a querer, dime tú, que olía ya a tela vieja. La de años que habrán pasado. "Somos nosotras", decían, y nunca supe si tenían otro nombre o se quitaban alguna vez el dedal.



Ilustración: Rebecca Dautremer


24/5/16

Busco mago






Un hombre sin manos llamó a mi puerta. Vengo por lo del anuncio, dijo mientras se quitaba la corbata con los codos y hacía con sorprendente agilidad un nudo marinero con ella. Permanecí atenta mientras él movía su varita mágica con el rabillo del ojo, sacaba de mi oreja un pañuelo azul, barajaba con la nariz unos naipes, hacía aparecer un ramo de flores al chascar la lengua, hipnotizaba con la mirada una serpiente, al tiempo que un conejo asomaba el hocico por debajo de su sombrero. Lo mejor fue cuando seccionó mi cuerpo tras un sonoro abracadabra. El mago desapareció en ese momento, dejando una cortina de humo en el rellano.
Años después, lo vi en un programa de televisión luciendo unas preciosas manos como las mías. Para entonces, yo ya me había acostumbrado a estar sin ellas. 

Ilustración: Raquel Díaz Reguera 

13/4/16

Fin del mundo


A la muerte del abuelo, el suelo se precipitó hacia el cielo. Todos comenzaron a buscar su bastón. Siempre sospecharon que lo usaba para sujetar el mundo.

Texto: Inma Cañete
Ilustración: Isabel Martín

18/6/13

Hablar por hablar




Tengo la cabeza demasiado grande. Eso es porque tengo dos cerebros; uno para pensar cosas buenas y otro, aparte, para pensar las cosas tristes. Tengo el pelo muy largo, tanto que ya no sé dónde acaba. A veces me llaman desde la otra equina para avisarme de que me he dejado las trenzas por allí. Mis ojos también son enormes, sin embargo, nadie me mira a los ojos. Soy alta y tengo los dedos tan delgados que me da miedo que se rompan. Dicen que soy fea pero yo no estoy segura de que eso sea verdad. A veces, la gente habla por hablar. No me importa, no quiero ser de otra manera porque entonces sería igual que los demás y eso sí que es una faena.

Ilustración: Tesa González

17/5/13

No todo está perdido




Buscó por todos lados. Bajo su almohada encontró sobras de sueño. Detrás de los muebles sólo había pared. Buscó en el suelo, dentro del suelo, a ras del suelo. Miró en la palma de sus manos porque a veces perdía las cosas y las tenía allí. Nada de nada en ningún cajón, en ninguna caja, en ningún arcón. Buscando encontró cosas que ya había olvidado: un calcetín, un, un elefante y un desengaño. Lo guardó todo debajo del colchón. Ni rastro de lo que había perdido. Dejó de buscar. A veces las cosas llegan solas. Esperó sentada, agachada, boca arriba y boca abajo. Esperó de perfil y de frente, de medio lado y de cuerpo entero. Nada. Salió a dar un paseo por un lugar hermoso y cuando volvió a casa, allí estaba. Tan pequeña y tan intensa como siempre. Había recuperado la chispa.

Ilustración: Yelena Bryksenkova

9/3/13

Destino




De todos los asientos libres, elijo el más cercano a la puerta. Como si así fuese a llegar antes. Hacía tiempo que no subía a un autobús y la sensación es agradable. El asiento es amplio y nadie se ha sentado a mi lado. No sé si mirar por la ventana o dormir. Tengo ganas de llegar. Quizá si duerma, el tiempo se pase más rápido. El autobús se pone en marcha, apenas hace ruido, más parece que el motor se vaya a apagar. Comienza un traqueteo suave, me acomodo en el respaldo y cierro los ojos. Mientras el viaje avanza intento pensar en las cosas que voy a hacer cuando llegue, pero las voces de los demás viajeros me desconcentran. Hablan de una manera extraña, como si cada frase estuviese dicha a golpes y en cada palabra hubiese un punto y final. No sé que idioma es pero me resulta vagamente familiar.
De pronto abro los ojos, asaltada por una certeza horrible. Me doy cuenta que los pasajeros están hablando al revés, como si una grabadora estuviera rebobinando sus voces. Miro por la ventana, con la esperanza de encontrar un paisaje tranquilizador y el corazón se me para cuando me doy cuenta que, pese a estar avanzando, el paisaje retrocede, cada vez más rápido, huyendo. Una sensación de vértigo y miedo me recorre las tripas y busco con la mirada algo o alguien que me devuelva el presente. Nada. Ni siquiera el tiempo avanza; los minutos, arrepentidos, se deshacen en mi reloj.
Comienzo a marearme, a dar vueltas, a no saber dónde mirar porque las cosas ya no están en su sitio, ni siquiera yo, que aún estando, siento que escapo. Entonces, el autobús se para.
- Perdone, señorita, le repito que el viaje no puede comenzar si no me enseña el ticket. - Lo siento, aquí tiene, me había despistado. Le tiendo el billete al revisor y respiro aliviada. Comienza un traqueteo suave, me acomodo en el respaldo, cierro los ojos y pienso que debería consultar mi tendencia a anticipar acontecimientos.

Fotografía: Fran de la Cruz

18/1/13

El Dragón de Plata



El el mar de China, una vez al año se produce una ola gigante. Los más intrépidos se adentran en sus fauces y son inmediatamente engullidos. Cuando la ola rompe, no se encuentra rastro alguno de ellos. Al año siguiente, los espectadores del acontecimiento no se esperan que la ola devuelva a los aventureros sanos y salvos. Aturdidos por el aplauso y los abrazos de sus seres queridos, avanzan de nuevo hacia la ola. El Dragón sólo les dejó salir para coger aire.

Ilustración: Suzy Lee

20/12/12

Los días sin Ana


 

Es un lugar inhóspito, muy pequeño y con los techos excesivamente altos. Hay una ventana por la que no entra el sol, pero sí el invierno. En las paredes hay varias fotografías coloridas que intentan ocultar los desconchones. Papeles, anotaciones, tareas pendientes y un calendario en el que se tachan los días que pasan. Allí hay que tener cuidado de no tropezar con algo. Pese a que el habitáculo está atestado, huele a vacío. Cuando Ana está, todo es diferente. No importa el desastre, ni el frío; ella es luz. Fran no puede soportar ver su silla vacía y con desesperación, visita su estancia una y otra vez, con ansias de ella. 
Un día Ana vuelve y trae consigo el tiempo que se llevó. Se sienta y espera, conteniendo su alma, a que Fran llegue. Cuando él entra y la ve de nuevo en su sitio, se acerca a la pared, arranca el calendario y se mete en el bolsillo los días perdidos. Se cogen de la mano y se van de aquel lugar reservado a la soledad.

Ilustración: Alejandra Acosta

29/7/12

La oveja negra


La oveja había nacido negra. Las demás colocaban pompones de lana blanca en su cuerpo y jugaban a la noche estrellada.


Ilustración: Isabel Martín. 

4/7/12

Peso pluma



La niña pluma
quería ser fuerte. 
Su deseo fue concedido. 
Desde entonces puede levantar el vuelo.


Ilustración: Alicia Varela


25/6/12

El último humano



Quiero ser el último. Quiero bailar como un loco, patalear, llevarme las manos a la cara, taparme los ojos, no ver, no ser más. Quiero olvidar al resto de la humanidad, mirarles desde arriba cuando no estén, desde lo alto, donde nunca he estado. Quiero quitarme la ropa que me abriga y calentarme la piel con el moribundo rayo de sol que quede al final. Ser el último de esta especie que nunca quise ser.


Ilustración: Patricia Metola.

13/6/12

Impuntualidad


Lo de aquella mujer no tenía remedio; nunca llegaba puntual. Había probado de todo: cambiar las pilas del despertador, usar relojes de cuerda, de arena, de bolsillo y hasta de sol. Era inútil,  siempre llegaba tarde a todo. Por suerte, también llegó tarde a su cita con la muerte.

Ilustración: Ana Juan

9/6/12

Menú del día



La curiosidad era insaciable. Buscaba por todas partes asuntos con los que alimentarse. Siempre quería más. Apetitosos platos de habladurías en vinagre, sugerentes postres con los flirteos del vecindario, dulces y salados chismes, cuentos recién horneados, líos en conserva...Un día, sin saber por qué, no quiso volver a comer. Con el tiempo supimos que le habían dado un bocado en su propia carne.

Ilustración: Nicoletta Ceccoli

29/3/12

Fuente de luz


De pronto lo perdió.  Buscó por todos lados, pero sólo encontró los  restos resecos de una acuarela blanca, quebradiza, inservible. Sin él no era posible, decidió, y abandonó la afición que tanto le había gustado. 
Lo había perdido. La idea le rondaba como un dolor punzante, pues  sabía que el color blanco resulta de la superposición de todos los colores y esa certeza se le antojaba insoportable. El lienzo, como un sumidero de luz, permanecía negro en total ausencia de color. No había nada. Su pincel no podía pintar lo que no veía. Necesitaba deshacer el mundo partícula a partícula, distorsionar las formas, esfumar los bordes, inventar trazos y crear una pintura nueva. Pero necesitaba el blanco porque la oscuridad acabaría engullendo su ilusión. 
Lo encontró reluciente, fresco, brillante, donde siempre había estado; en el capricho de las nubes, en el frío de las mañanas, en el contraste de una noche estrellada. En la luz que emite la alegría de sus hijas y que al atravesar la risa, como si fuera un prisma, se descompone en hermosas carcajada de colores.
Su paleta estaba completa. Comenzaría pintando aquellos delicados lirios. 

Ilustración: Elena Odriozola

8/3/12

El lugar de la infancia



    Recuerdo la casa en la que vivía.  Era una casona antigua que había pertenecido a mis bisabuelos y que nosotros habitábamos como legado de nostalgia. Estaba situada en un valle, a unos kilómetros del pueblo, coloreada del verdor que caracteriza las montañas del norte de Extremadura. Se accedía por un camino empedrado, en cuyas juntas crecían yerbajos. Yo me entretenía imaginando los bordes de las piedras que apenas se veían; podían ser países o animales o caras. Siempre me gustó ese camino.
    La fachada dejaba al raso unos muros vigorosos, labrados con sillares irregulares, que  descargaban su peso en un porche de tres arcos. La robustez del exterior contrastaba con el ambiente cálido del interior de la casa. En las paredes colgaban multitud de hermosos platos de cerámica esmaltada, cuadros y retratos de la familia. Había alfombras por todos lados (¡yo volaba encima de todas ellas!), cortinas diáfanas en las ventanas que daban a un claustro de galerías porticadas en cuyas columnas trepaban, decididas, las hiedras. En medio del patio había una fuente que servía de estanque para mis peces: hojas secas, canicas de colores o simples chinarros.
    Allí crecí, rodeada de las viejas historias que habían sobrevivido a lo largo de los años, del olor a tierra y hierba mojadas, de juegos y de ilusiones.

Ilustración: Alejandra Acosta

Dedicado a todas las profesoras.
 

28/2/12

El columpio


Solía montar en el columpio con la idea de llegar lo más alto posible. Alzaba las piernas con la misma fuerza con que la tierra la traía de vuelta, pensando que en cualquier momento llegaría el impulso definitivo, aquel en el que nunca más tocara el suelo. Solo volar. Hacia el lugar que ella recordaba y que había dejado atrás, pequeño, cada vez más, hasta guardarse en el espacio más triste y mínimo de la memoria, que duele de veras, como duelen las cosas que se pierden para toda la vida. 
Apenas empezaba a rozar el cielo con la punta de los pies, sonaba el timbre que indicaba la vuelta a clase. Se acababa el recreo. Volvía sola a las aulas, todavía con la ligereza del aire en sus pasos. Al día siguiente volvería a intentarlo. 
Así pasó el tiempo, más cerca de las nubes que del mundo, comprendiendo que los juegos no pueden cambiar el destino, que lo más parecido a volar es caer. Dejó de soñar, pues no tenía sentido si ya no le servía para volver. Y cayó. 
Hasta que llegó él, con los ojos del color del cielo más intenso que jamás había visto, con su sonrisa honesta para devolverle el impulso.
Ahora lo sienta en su regazo y ambos, con un dulce y tranquilo vaivén, se mecen en el columpio que hay en el jardín de su casa, recibiendo en los ojos el sol bajo que anuncia el atardecer. Es tiempo para soñar, piensa. Y para vivir.


Ilustración: Faby

Con amor, a mi hijo.