15/8/25
La cigüeña del baldío
20/7/23
Historias de ganchillo
Capítulo 1: Matea
Mi abuela Tomasa me contaba historias y eso nunca se olvida, hija mía. Las abuelas son como una manta en los días de frío o como un tazón de leche bien caliente. Recuerdo aquel relato que ella solía contarme del niño que buscaba a su madre en unas montañas perdidas. Qué miedo me daba aquel cuento, chiquilla, pero aún así escuchaba atenta la voz de mi abuela que nos sentaba a mi prima y a mí en torno a aquella mesa camilla en la que un brasero de picón nos sacaba cabrillas en las piernas. Y eso que mi prima era su favorita, pero yo siempre quería volver a esa casa para escuchar a mi abuela. ¿Sabes, Susana? Antes, los inviernos eran larguísimos y las tardes oscuras. No había muchas cosas que hacer entonces, no es como ahora, figúrate, que la gente siente que «no le da la vida», vaya con la expresión, como si la vida fuera una goma que se estira, ¡qué bobada! El tiempo es siempre el mismo; igual ahora que antes, solo que antiguamente no pasaban tantas cosas y menos en los pueblos, que ni luz había para alumbrar las calles. Lo que te decía, que aquella historia del muchacho huérfano a mí me asustaba, pobre criatura, solo por el mundo buscando a su mamá. Yo oía hasta los golpes y las pisadas que acechaban al niño, qué miedosa era. No como mi prima Valentina, que era recia y dura como un mulo y tenía la piel curtida, al contrario que yo, que era paliducha y flaca. Mi abuela también nos enseñaba a hacer ganchillo. Eso lo hacíamos siempre antes de las historias porque si no, la puntilla no avanzaba y había que hacer la labor «como es debido». A mí no se me ocurría quejarme, claro, pero estaba deseando acabar de tejer para que mi abuela empezara a contar el relato con su voz honda y labrada de mujer de campo. Al terminar de tejer y de escuchar la historia, yo me tenía que volver a casa. Mi prima vivía allí con ella. Digo yo que por eso era su favorita, por eso y porque era vigorosa –menudos brazos tenía– mientras que yo era endeble como un tallo nuevo. No vayas a pensar que estoy celosa, qué va hija, pero antes las cosas eran de otro modo y las mujeres como yo éramos poco apreciadas. Fíjate, a mí me gustaba leer, algo raro por entonces en una muchacha joven. Otra cosa no, pero libros en mi casa había muchos y obras buenas, no te creas. Las mujeres de mi tiempo tenían que ser de huesos fuertes y carácter áspero y yo no era así; yo era escuchimizada y callada. ¿Qué te estaba diciendo? Ah sí, lo de volver a casa. Siendo de noche y yo con el miedo metido en el cuerpo, que hasta de mi propio corazón me asustaba. Cuánto daría por volver a escuchar ese sonido, bumbum bumbum, tan joven y tan vivo. Es dura la vejez, niña, te lo confieso, por eso me gusta acordarme de mi abuela, de sus historias y de mi pecho asustado, porque vuelvo a ser una muchacha mientras te lo cuento: aquella moza de manos frías y ávida de historias. Pasaban tan poquitas cosas entonces, ya te lo he dicho, ¿verdad?, que no quedaba más remedio que vivirlas con intensidad. Ahora la gente va de un lado para otro mirando sus móviles sin oírse ni un poquito el corazón. Ya no es lo que era. Nunca supe el final del cuento del niño que buscaba a su madre, qué penurias pasaría esa criatura. Tampoco sé por qué mi abuela elegía relatos tristes, vete tú a saber, a lo mejor porque su vida también fue triste y difícil, pero yo siempre me quedaba embobada escuchando. A veces pienso que las historias están prendidas de algún hilo y como con el ganchillo, las vamos tejiendo hasta que visten nuestra vida. Esto mismo que te cuento a lo mejor se lo cuentas tú a tu hija y ella, a su vez, a su propia hija si la tuviera, y mientras tanto, quién sabe, el pobre niño de las montañas quizá encuentra a su mamá. Todo el mundo teme en algún momento perder a su madre; es el miedo al desamparo. No hay peor cosa que esa. Estoy cansada, querida, voy a cerrar los ojos y a descansar un rato. Últimamente me entra un sopor terrible a esta hora; es la edad, chiquilla, ya lo verás tú cuando te toque.
Capítulo 2: Tomasa
¡Vamos niñas, vamos! Calentaos bien las manos con el tazón, que hoy hace un frío que pela. Venga que el brasero está recién echado. Ponte a este lado, Valentina. ¡Hale, hale! Se hace tarde y anochece enseguida. Terminad pronto el café con leche, que se enfría. Ay, este tiempo me mata los huesos, las rodillas sobre todo, que ya no me aguantan el cuerpo. El campo es un canalla; nos desgasta hasta los tuétanos y luego a ver quién siega y quién labra. Esperad un momento que voy a poner los garbanzos a amollecer, no sea que más tarde se me olvide y no tengamos nada para comer mañana. Cuando terminéis la leche coged la labor, que esas puntillas no crecen, niñas, no crecen y no estoy yo para perder el tiempo. Venga, Matea, bébete eso ¡Virgen Santísima! Se alimentará del aire esta niña; así está de esmirriada. Tendré que decirle a tu madre que le eche bien de gallina al puchero, al menos que tomes algo de sustancia. ¡Vamos, vamos!, no veo que se mueva la bobina de hilo. El ganchillo tiene que hacerse rapidito, con gracia. Así, muy bien Valentina, qué buena mano tienes para todo, ¡y qué buena boca!, que te has tomado el tazón en un santiamén. Venga, Matea, que es para hoy. Estarás con tus cosas, que te quedas atontada, hija, mirando las musarañas. Dos meses conmigo en casa y te ponía yo las canillas prietas y las mejillas rosadas. De hoy no pasa que termines la labor. Desde luego eres como el niño italiano que se va en busca de su madre, que nunca llega a tiempo a nada. Cómo serán las montañas de América, más grandes que las nuestras y más peligrosas, seguro. Si acabáis pronto os cuento las desgracias del muchacho, pero antes tengo que ver brío en esas agujas. Rapidito, eh, que no está el horno para bollos. Vamos Matea, vamos ¡Qué niña! Con la cabeza nada más en esos libros que tienes en casa. Ya hablaré yo con tu madre, ya hablaré. Échate bien el mantón por encima cuando salgas, que menuda pelona está cayendo y luego te pones mala y las culpas van para mí.
Capítulo 3: Susana
Ahora a dormir, cariño, que mañana hay que madrugar para ir al colegio. Si quieres me acuesto a tu lado y te cuento una historia de ganchillo. No sabes qué es eso, ¿verdad? Para hacer ganchillo se necesita una aguja especial que tiene un gancho en un extremo y se tejen encajes, colchas o algunas prendas de vestir. Mañana te lo enseño en la tablet. Esta historia me la contó la otra tarde tu abuela Matea cuando fui a su casa a llevarle las cajas de leche, que ya sabes que tu abuela sin café con leche no sabe vivir y ella ya no puede coger tanto peso en la compra. Me contó que cuando era joven iba a casa de su abuela Tomasa –que era una mujer muy ruda– a tejer y a escuchar las historias que le contaba. Se reunían en una mesa redonda con una tarima en la que se ponía un brasero de picón, que era un tipo de carbón que se removía y mantenía el calor. Se juntaba con su prima Valentina, una chica fuerte y alegre. Allí se quedaban merendando sentadas al calor de la mesa camilla, tejiendo y escuchando los relatos de Tomasa, que debía tener una voz poderosa y un cuerpo muy robusto, según cuentan. El relato favorito de tu abuela Matea era el de un niño que se fue en busca de su madre, que se había ido atravesando el mundo para encontrar un trabajo y poder mantener a su familia. A tu abuela esa historia le daba mucho miedo, dice que incluso oía tal cual los ruidos que Tomasa describía. Tu abuela era de imaginar cosas porque le encantaba leer. Tú no dejes de leer, cariño, que es una de las cosas más bonitas que hay. También me contaba la abuela Matea que cuando se iba de aquella casa, ya de noche y en pleno invierno, salía corriendo envuelta en un mantón y se asustaba con el sonido de su propio corazón, que latía desbocado por el miedo y por la carrera. Otro día te cuento la historia del niño de las montañas que buscaba a su madre, aunque en verdad es una historia triste, mi vida, pero si tú quieres otro día te la cuento. Ahora es tarde y tienes que dormir para estar descansada mañana. Puedo hacerte cosquillas hasta que te duermas. Voy a dibujarte en la espalda unas flores como las de las puntillas de ganchillo que hacía tu abuela. Hasta mañana. Que duermas bien.
Basado en una historia que mi madre me contó sobre una anécdota durante su juventud en el pueblo en el que vivía. . Ella en este relato sería la voz de Matea.
Susana: Hija de Matea.
Valentina: Prima de Matea.
Tomasa: Abuela de Matea.
13/12/20
Noviembre

6/12/20
La jardinera
Foto de Steinar Engeland en Unsplash
18/1/19
Somos nosotras
24/5/16
Busco mago
13/4/16
Fin del mundo
A la muerte del abuelo, el suelo se precipitó hacia el cielo. Todos comenzaron a buscar su bastón. Siempre sospecharon que lo usaba para sujetar el mundo.
Texto: Inma Cañete
18/6/13
Hablar por hablar
17/5/13
No todo está perdido
9/3/13
Destino
De todos los asientos libres, elijo el más cercano a la puerta. Como si así fuese a llegar antes. Hacía tiempo que no subía a un autobús y la sensación es agradable. El asiento es amplio y nadie se ha sentado a mi lado. No sé si mirar por la ventana o dormir. Tengo ganas de llegar. Quizá si duerma, el tiempo se pase más rápido. El autobús se pone en marcha, apenas hace ruido, más parece que el motor se vaya a apagar. Comienza un traqueteo suave, me acomodo en el respaldo y cierro los ojos. Mientras el viaje avanza intento pensar en las cosas que voy a hacer cuando llegue, pero las voces de los demás viajeros me desconcentran. Hablan de una manera extraña, como si cada frase estuviese dicha a golpes y en cada palabra hubiese un punto y final. No sé que idioma es pero me resulta vagamente familiar.
- Perdone, señorita, le repito que el viaje no puede comenzar si no me enseña el ticket. - Lo siento, aquí tiene, me había despistado. Le tiendo el billete al revisor y respiro aliviada. Comienza un traqueteo suave, me acomodo en el respaldo, cierro los ojos y pienso que debería consultar mi tendencia a anticipar acontecimientos.
Fotografía: Fran de la Cruz
18/1/13
El Dragón de Plata
20/12/12
Los días sin Ana
29/7/12
La oveja negra
La oveja había nacido negra. Las demás colocaban pompones de lana blanca en su cuerpo y jugaban a la noche estrellada.
Ilustración: Isabel Martín.
4/7/12
Peso pluma
25/6/12
El último humano
13/6/12
Impuntualidad
9/6/12
Menú del día
29/3/12
Fuente de luz
Ilustración: Elena Odriozola
8/3/12
El lugar de la infancia
Recuerdo la casa en la que vivía. Era una casona antigua que había pertenecido a mis bisabuelos y que nosotros habitábamos como legado de nostalgia. Estaba situada en un valle, a unos kilómetros del pueblo, coloreada del verdor que caracteriza las montañas del norte de Extremadura. Se accedía por un camino empedrado, en cuyas juntas crecían yerbajos. Yo me entretenía imaginando los bordes de las piedras que apenas se veían; podían ser países o animales o caras. Siempre me gustó ese camino.
La fachada dejaba al raso unos muros vigorosos, labrados con sillares irregulares, que descargaban su peso en un porche de tres arcos. La robustez del exterior contrastaba con el ambiente cálido del interior de la casa. En las paredes colgaban multitud de hermosos platos de cerámica esmaltada, cuadros y retratos de la familia. Había alfombras por todos lados (¡yo volaba encima de todas ellas!), cortinas diáfanas en las ventanas que daban a un claustro de galerías porticadas en cuyas columnas trepaban, decididas, las hiedras. En medio del patio había una fuente que servía de estanque para mis peces: hojas secas, canicas de colores o simples chinarros.
Allí crecí, rodeada de las viejas historias que habían sobrevivido a lo largo de los años, del olor a tierra y hierba mojadas, de juegos y de ilusiones.
28/2/12
El columpio
Ahora lo sienta en su regazo y ambos, con un dulce y tranquilo vaivén, se mecen en el columpio que hay en el jardín de su casa, recibiendo en los ojos el sol bajo que anuncia el atardecer. Es tiempo para soñar, piensa. Y para vivir.
Ilustración: Faby
Con amor, a mi hijo.


















