
Ayudan a descansar, a imaginar y a confiar.
A mi hermana -lapequeña- le tengo reservadas un montón de ellas para que le den compañía en estos últimos días de exámenes de final de carrera.
¡Ánimo!
Era se una vez esta nuestra historia en la que las mujeres han tenido que luchar contra sus antepasadas: una Eva tonta e inocente salida de la costilla de un tiparraco, una Belladurmiente más tonta todavía que sólo despierta cuando un príncipe cursi le da un besito y para qué hablar de Cenicienta, sumisa pero guapa guapa guapa...
Tomó la bolsa vieja con los lápices de colores que guardaba desde que era niña. Era una de esas cosas que jamás utilizaba pero que le gustaba tener a mano, por si acaso. Mantenía la esperanza de volver a pintar soles y nubes, casas con balcón, chimenea y cerca. Cogió algunos lápices y decidió que les iba a sacar punta; así no podían estar más tiempo, tan feos y con la punta regordeta no podrían pintar bien. Los sacó de la bolsa, colocó un paño extendido sobre la mesa y uno por uno, les fue sacando punta con mucho esmero, suavemente por si se quebraba la mina que ya era vieja. ¿Cuántos años podrían tener los lápices? ¿15, 16 años o más? ¡No podía ser! No era posible mantener durante tanto tiempo la idea de hacer una cosa tan simple como dibujar y no hacerlo ni en un año, ni en dos, ni nunca. Aún así les sacó punta, limpió la bolsa e hizo un repaso de los diferentes colores que tenía... podía hacer un buen dibujo, sí, algo abstracto quizá, o la copia de alguna obra expresionista. Sacó decidida un papel para bocetos y se dispuso a pintar emocionada y orgullosa de su iniciativa. Puso los lápices perfectamente ordenados, siguiendo la gama de color e intentando hacerlo tan bien como las bobinas de hilo que colocan en las mercerías, de manera que parezcan un sólo color degradado en cien. Hizo un primer intento con el verde y pintó una raya. ¿Y ahora qué?, pensó. Bien, esa no era la mejor manera de empezar, primero tendría que elegir un tema, así que probó a cerrar los ojos e imaginar el dibujo que representara con mayor acierto su deseo de pintar, de recuperar sus lápices de colores. Imaginó paisajes, amantes desnudos, figuras preciosas, pero no pintó nada. Mientras guardaba los lápices con cierta tristeza, pensó que los sueños es mejor dejarlos en paz, no molestarlos demasiado porque se pierden cuando los sacas de su geometría. Decidió no volver a a intentarlo, dejó los lápices con la punta bien afilada, como nuevos dejó los sueños y los guardó en la bolsa donde siempre habían estado, con miedo de volver a sacarlos por si le ocurría que al pintar un dibujo, se destruyera el deseo de conseguirlo.
Me gusta descifrar sentimientos. Esto es, descubrir cuáles son sus orígenes, las experiencias que sirven de referencia para generar un estado de ánimo u otro y los pensamientos que preceden a cualquier emoción. Al hilo de la cuestión, también me gusta ubicarlos en el cuerpo y superar la localización estandarizada de los sentimientos en el tórax. La razón la dejo en el cráneo que es donde tiene que estar. Pongamos algunos ejemplos:
La tristeza se instala fundamentalmente en la garganta, ya que no hay pena sin quejido.
El miedo está claramente apostado en las piernas, más o menos a la altura de las rodillas, por si tiene que salir corriendo.
La soledad está ubicada en el cabello; lo peores días el pelo se recoge en una coleta para unir fuerzas y con la melena suelta crece la percepción de compañía. En el caso de pelo corto, la soledad se cuenta con los dedos.
La alegría comienza en el ombligo (centro energético principal del cuerpo) y se ramifica por todo el cuerpo estirando la comisura de los labios, ampliando extremidades, dando saltos o palmadas.
La furia reside en sitios congestionados como los pliegues de los puños, el fondo de las arrugas de la frente y en el aliento retenido.
La ansiedad, angustia o desesperación (¿esto es una canción?) sí está en el pecho debido a que el estado físico asociado se manifiesta principalmente con palpitaciones, taquicardia y respiración agitada, aunque hay personas que lo sienten en la planta de los pies (el porqué se lo preguntáis a ellas).
El alma en vilo está inmediatamente después de la epidermis, detenida.
Me cuesta ubicar el cansancio, porque lo confundo con la pereza.
La pasión se mueve libremente por todos los órganos del cuerpo, por la piel, los ojos, sube al cerebro y vuelve a bajar por la sangre, se queda un rato en las aletas de la nariz, finalmente se convierte en sudor y se evapora hasta nueva orden.
La curiosidad está en las puntas (de los dedos, de la nariz y de las orejas) y es de colores chirriantes.
La inseguridad no sabe dónde posar, así que no tiene sitio; a veces es palabra tartamuda, tic en el ojo o postura desafortunada, la pobre.
La RABIA la dejé flotando en el agua del post anterior.
Hay muchos más, como el ánimo por los suelos, aunque ya puestos, prefiero la felicidad por los poros.



